¡Qué momento! ¡Qué tristeza tan infinita! Sólo los hinchas de corazón sentimos este vacío en el pecho a causa del descenso de nuestra Mechita. Las cosas que tiene el fútbol…
A pesar del trago amargo, siguen siendo más las alegrías, que un tipo como yo recuerda, que los momentos de tristeza. Tengo 23 años y mi primer recuerdo de la Mecha data de 1996. Una algarabía total, todo el mundo vestido de rojo, cerveza por doquier. Yo, un niño de 8 años, en medio de la multitud. Ese día, en medio de mi inocencia, podría decir que toda Colombia era hincha del América. El rival era River Plate, y se jugaba el partido de vuelta por la final de la Copa Libertadores de ese año. Ese día perdimos 2-0. Ese día me hice hincha del Rojo.
Puedo decir que no me tocaron los gloriosos del 80, pero sí los gozosos. Mi relación con la Mechita, hasta el día de hoy, fue como la del niño que nace en cuna estrato 6 con la vida. “Pide lo que quieras y nada te será negado”. Ese era el tratamiento del equipo para con los hinchas. Celebré a rabiar los campeonatos del 2000, 2001 y 2002. Y, como si fuera poco, me tocó en vivo y en directo ver la vuelta olímpica de la coronación de la 13ava estrella hace tan solo 3 años. ¡Cómo nos cambia la vida!
Hasta ahora, el momento más doloroso que me había tocado vivir con mi Mechita había sido ese partido por los cuartos de final contra Rosario Central, en la Libertadores del 2001. Ese día salí del estadio con lágrimas en el rostro, mientras mi papá me decía que dejara de ser tan bobo y que peores cosas habíamos perdido. Hoy más que nunca recuerdo esas palabras. Es cierto: no habíamos perdido absolutamente nada.
Desde muy niño me acostumbré a escuchar El Carrusel Deportivo todos los domingo en la tarde, para saber cómo le iría a mi América jornada a jornada. Sufría, gritaba, me comía las uñas cada vez que gritaban “gol en Cali, gol en Cali, gol en Cali… gol de Ameeeeeeeeérica”. En este momento me parece escuchar esa voz. En este momento me da tanta nostalgia que se me aguan los ojos. Así, con el radio en la oreja, crecí viendo a mi América campeón.
Un momento que nunca ningún hincha americano olvidará será el 4-1 a River en el Pascual. Ese día todos lloramos, pero de la alegría, como muchas otras veces, pero traigo a acotación este momento porque fue histórico.
Ahora, saber que el sábado a las 8:30 de la noche terminé de rodillas, con lágrimas en los ojos, suplicándole a Dios que no nos enviara al descenso... Lo que los hinchas de cualquier equipo no hemos entendido aun es que Dios no entiende de fútbol. Después de ver cómo Carlos Chávez, el 'arquerito' de Patriotas, formado en el América, embocaba ese último tiro desde los 12 pasos en nuestra red, sentí una puñalada en el corazón. Sentí que me acababan de decir que el ser querido más cercano había muerto. Hoy que vivo esto tan triste en carne propia, es algo que no le deseo a nadie.
Hubiera preferido llorar 10 finales de Libertadores perdidas, hubiera preferido llorar 10 clásicos perdidos consecutivamente -y en finales, que es más doloroso-, y no llorar la perdida de la categoría.
Celebraremos 85 años de historia en la B. ¡Qué dolor! Pero sólo los verdaderos hinchas seguiremos yendo al estadio a recibir esas pequeñas dosis de felicidad que sólo el Rojo nos sabe dar con tan sólo verlo. Sólo diré que estamos en donde nunca debimos estar; pero un día, como los grandes del mundo, volveremos a la A (ojalá más pronto que tarde) y seguiremos siendo lo que siempre fuimos: campeones.
América hace parte de la historia viva de un país. ¡Gracias por todas las alegrías, rojazo de mi corazón!
No hay comentarios:
Publicar un comentario