domingo, 18 de diciembre de 2011

América: las cosas del corazón


¡Qué momento! ¡Qué tristeza tan infinita! Sólo los hinchas de corazón sentimos este vacío en el pecho a causa del descenso de nuestra Mechita. Las cosas que tiene el fútbol…

A pesar del trago amargo, siguen siendo más las alegrías, que un tipo como yo recuerda, que los momentos de tristeza. Tengo 23 años y mi primer recuerdo de la Mecha data de 1996. Una algarabía total, todo el mundo vestido de rojo, cerveza por doquier. Yo, un niño de 8 años, en medio de la multitud. Ese día, en medio de mi inocencia, podría decir que toda Colombia era hincha del América. El rival era River Plate, y se jugaba el partido de vuelta por la final de la Copa Libertadores de ese año. Ese día perdimos 2-0. Ese día me hice hincha del Rojo.

Puedo decir que no me tocaron los gloriosos del 80, pero sí los gozosos. Mi relación con la Mechita, hasta el día de hoy, fue como la del niño que nace en cuna estrato 6 con la vida. “Pide lo que quieras y nada te será negado”. Ese era el tratamiento del equipo para con los hinchas. Celebré a rabiar los campeonatos del 2000, 2001 y 2002. Y, como si fuera poco, me tocó en vivo y en directo ver la vuelta olímpica de la coronación de la 13ava estrella hace tan solo 3 años. ¡Cómo nos cambia la vida!

Hasta ahora, el momento más doloroso que me había tocado vivir con mi Mechita había sido ese partido por los cuartos de final contra Rosario Central, en la Libertadores del 2001. Ese día salí del estadio con lágrimas en el rostro, mientras mi papá me decía que dejara de ser tan bobo y que peores cosas habíamos perdido. Hoy más que nunca recuerdo esas palabras. Es cierto: no habíamos perdido absolutamente nada.

Desde muy niño me acostumbré a escuchar El Carrusel Deportivo todos los domingo en la tarde, para saber cómo le iría a mi América jornada a jornada. Sufría, gritaba, me comía las uñas cada vez que gritaban “gol en Cali, gol en Cali, gol en Cali… gol de Ameeeeeeeeérica”. En este momento me parece escuchar esa voz. En este momento me da tanta nostalgia que se me aguan los ojos. Así, con el radio en la oreja, crecí viendo a mi América campeón.

Un momento que nunca ningún hincha americano olvidará será el 4-1 a River en el Pascual. Ese día todos lloramos, pero de la alegría, como muchas otras veces, pero traigo a acotación este momento porque fue histórico.

Ahora, saber que el sábado a las 8:30 de la noche terminé de rodillas, con lágrimas en los ojos, suplicándole a Dios que no nos enviara al descenso... Lo que los hinchas de cualquier equipo no hemos entendido aun es que Dios no entiende de fútbol. Después de ver cómo Carlos Chávez, el 'arquerito' de Patriotas, formado en el América, embocaba ese último tiro desde los 12 pasos en nuestra red, sentí una puñalada en el corazón. Sentí que me acababan de decir que el ser querido más cercano había muerto. Hoy que vivo esto tan triste en carne propia, es algo que no le deseo a nadie.

Hubiera preferido llorar 10 finales de Libertadores perdidas, hubiera preferido llorar 10 clásicos perdidos consecutivamente -y en finales, que es más doloroso-, y no llorar la perdida de la categoría.

Celebraremos 85 años de historia en la B. ¡Qué dolor! Pero sólo los verdaderos hinchas seguiremos yendo al estadio a recibir esas pequeñas dosis de felicidad que sólo el Rojo nos sabe dar con tan sólo verlo. Sólo diré que estamos en donde nunca debimos estar; pero un día, como los grandes del mundo, volveremos a la A (ojalá más pronto que tarde) y seguiremos siendo lo que siempre fuimos: campeones.

América hace parte de la historia viva de un país. ¡Gracias por todas las alegrías, rojazo de mi corazón!

sábado, 10 de diciembre de 2011

Ay, mi Mechita, cuánto te quiero…

“…Dale a la vida por salir primero”, dice una de las canciones que nosotros, los hinchas del América, le cantamos al equipo desde la tribuna. Hoy las cosas son totalmente diferentes: América tiene que darle a la vida por no salir último y por no descender.

Los malos dineros y la Ley Clinton están matando al club de mis amores que no se rinde. Con el sentimiento no se juega. América es un equipo gigante no sólo en Colombia, sino en el continente. Los hinchas no nos merecemos esto. Jugar el partido de la promoción para no irnos a la B ya es demasiado.

El problema es que los hinchas como yo crecimos viendo a un equipo campeón. Un equipo que jugaba finales de la Libertadores, que llegaba siempre a las finales del campeonato local y las ganaba, un equipo que daba vueltas olímpicas en Colombia en cualquier cancha, luego iba a la Libertadores no a participar sino a pelear. Ese es el equipo con el que crecimos.

Sin embargo, del 2005 para acá todo anda mal. La estrella 13 en 2008 (inolvidable, por supuesto) no fue más que un espejismo en el desierto de las derrotas. El presente es muy diferente, pero no por eso hemos dejado de ser los buenos hinchas de siempre. Los que cuando no podemos ir al estadio nos comemos las uñas viendo los partidos por televisión o, peor aún, prendemos la radio y nos emocionamos escuchando durante 90 minutos la crónica de lo que más amamos: nuestra Mechita.

Mañana domingo 11 de diciembre se jugará la primera final del mundo (para nosotros) entre América y Patriotas. Lo que todos queremos, por el bien del fútbol, por el bien de nosotros mismos, es que para nuestra Mechita sea un partido que se gane sin mayores complicaciones. Claro, sabemos que no será así. Sufriremos más de la cuenta, pero al final saldremos bien librados de esta pesadilla. El diablo seguirá siendo el mismo diablo con la ayuda de Dios. Sí, así será.

La invitación es a que acompañemos al equipo en este difícil momento. “En la buena y en la mala mucho más”, profesamos los buenos hinchas, los enamorados de esta institución escarlata. El próximo sábado 17 el Pascual Guerrero debe lucir totalmente rojo. Debe haber fiesta de principio a fin. Tenemos que festejar que América es un equipo de la A y se debe quedar en la A. Viajemos hasta Cali los que podamos y sigamos enamorados de esta pasión que pocos entienden.

Que la B, por nosotros los escarlatas, sea recordada por ser la segunda letra del abecedario o por ser un complemento vitamínico. Nada más que eso.

Vamos, Mechita, dale a la vida por salir primero.

lunes, 6 de junio de 2011

Una colombianada a la mexicana


Desde que pisé suelo mexicano, todo se me hizo muy parecido a Colombia. Su gente, sus calles, sus trancones. Pero sólo hasta mi tercer día de estadía en México pude entender que la idiosincrasia de robar al prójimo es idéntica.

La historia es tan común que a usted se le hará familiar: me subí en un Taxi desde Polanco hasta la Plaza del Zócalo. Diga usted, ir desde la calle 116 con 7ma hasta la Plaza de Bolívar en Bogotá –y estoy siendo exagerado con las distancias–.

El caso es que me subí al taxi (no había taxímetro), me fui hablando amenamente con el señor taxista sobre mi vida en Colombia. Él insistía en llevarme hasta el Estadio Azteca para que lo conociera. Decía que era "muy cerca". Menos mal, yo de antemano sabía que estábamos como a 1 hora 30 minutos de distancia, sino hubiese perdido el vuelo de vuelta a Colombia. El taxista insistía con sus cordialidades de llevarme a X y Y sitio, pero yo le deje bien claro que quería ir sólo a la Plaza del Zócalo. Fin.

Cuando llegamos al Zócalo, el taxista me cobró la módica suma de $220 pesos mexicanos. Esta es la hora en que no sé bien cuánto es eso en pesos colombianos. Pero en ese momento sí me pareció algo costosa la carrera. Yo sólo fruncí el ceño y el señor me mostró un libro dejándome saber que el precio era correcto. (Sí, claro).

Me bajé, hice mi respectivo recorrido turístico, me devolví como unas 15 cuadras por la Avenida Reforma y tomé un taxi de vuelta al hotel. Esa carrera de vuelta al hotel me costó $37 pesos. Dije dentro de mí, "uy, me tumbaron, Echeverry" (pensando en el primer taxista).

Esta es la hora en la que todavía maldigo al señor del primer taxi. ¡Qué colombianada!

sábado, 21 de mayo de 2011

Los niños son un tema taquillero

Anoche, en la buseta que me subí del trabajo a la casa, por los lados de Unicentro, se subió una jovencita que tenía entre 20 y 24 años (no le pongo más) con una bebé hermosa de no más de 8 meses, que llevaba cargada en portabebés en su parte frontal. La jovencita era delgada, de pelo negro y liso, estatura promedio (1,65), tez blanca y ojos grandes y negros.

¿Adivinen a qué se subió la niña a la buseta? ¡Bingo! Adivinaron. Su discurso fue simple pero convincente:

"Buenas noches. Miren, yo trabajo con colombinas, pero hoy no tengo que ofrecerles. No he tenido plata para darle de comer a mi bebé… sólo les pido que me colaboren con una moneda para darle algo de comer a mi niña. Muchas gracias".

Podría jurar que todas las personas del bus sacaron plata de sus bolsillos para ayudarle a esta jovencita. Yo voltee a mirar a mi costado derecho y sólo vi billetes. Obvio, no eran de gran valor, pero sí habían muchos de $2.000. Con mucha tranquilidad, esta humilde muchachita recogió más de 20 mil pesos en menos de 5 minutos. Si su historia es real, ojalá pueda conseguir pronto un empleo para que pueda ofrecer un mejor futuro a su hija.

Acto seguido, antes de la Reina Sofía, se subió un tipo, también a pedir plata. Éste contó una historia larguísima. Dijo que era desplazado por la violencia. Que tenía esquirlas de una bomba en su pierna. Que por favor le ayudaran con algo.

El resultado para el tipo: negativo. No recogió ni 2 mil pesos, creo yo.

Conclusión: los niños siguen siendo un tema taquillero.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cinco hábitos

Unos cuantos meses sin escribir en este blog que nadie lee. Pero no importa. Estoy de vuelta y ojalá sea para escribir más seguido y no cada seis meses. Esta semana estuve súper entretenido leyendo el blog de una twittera que admiro y respeto bastante. Ahí me encontré con una entrada que, en ese entonces (2006), se convirtió en una cadena entre bloggeros. Esa cadena es el título de esta entrada, que en mi caso no deberían ser cinco hábitos, sino cinco malos hábitos.

1. Soy noctámbulo: en mis 23 años de vida, que yo recuerde, desde que tengo uso de razón, siempre me gustó dormirme tarde. Cuando era niño, nunca podía dormirme antes de las 10 de la noche. Ahora, con unos cuantos años más, no puedo dormirme antes de las 11, a veces me dan las 12, la 1 de la mañana. Y cuando es fin de semana y no tengo que trabajar al otro día, me quedo hasta las 3 de la mañana. Además, a eso hay que agregarle que me encanta escuchar música a todo volumen. Y, por lo general, siempre disfruto de mi soledad.

2. Soy perezoso: tengo el horario invertido. Definitivamente, mi rendimiento es mucho mejor en las noches que en las mañanas. No nací con el chip del buen madrugador. Si madrugo es porque me toca (y eso que cuando digo "madrugar", hablo de levantarme a las 7:30 de la mañana), no por gusto. Los fines de semana me desquito durmiendo hasta las 11 de la mañana, o hasta el medio día. En mi época de desempleado, me acostaba a las 4 de la mañana y me levantaba al medio día. Lo peor para ustedes y lo mejor para mí es que lo disfruto.

3. Soy impuntual: difícilmente llegue a una cita a la hora que es. Cuando estaba en primaria siempre llegaba tarde. Mis papás consiguieron un permiso especial en mi colegio para que yo pudiera llegar 15 minutos después que mis compañeros. En este momento no recuerdo cuál era el argumento. Quizá el mismo de siempre: que soy muy perezoso. En secundaria, vivía a 3 cuadras del colegio, entraba a las 7 a.m., y siempre llegaba tarde. Siempre. Jamás pude llegar a las 7 en punto. Y sí, como es de suponerse, llego tarde al trabajo todos los días. ¿Saben a qué le cumplo una cita? A un partido de fútbol (sea por TV o en el estadio) y a una entrevista.

4. Me encantan los perros calientes: para mí no hay nada más rico que un buen perro caliente. Si es después de una rumba, mejor aún. Los perros calientes del Éxito en Neiva o Ibagué son los mejores. Y no me gustan los perros de Dogger. Me parecen malos, como la atención de sus meseros.

5. Escuchar música mientras el crepúsculo se cola por las cortinas de mi habitación: no todo podía ser malo. Uno de esos placeres sencillos y que disfruto al máximo es prender mi grabadora (tiene que ser música salida de emisora) al atardecer, apagar todas las luces, dejar entre abierta la cortina y acostarme en mi cama a escuchar música. Hace años disfrutaba escuchar Radioacktiva. Lo confieso. Ahora escucho La X o Radiónica.

Estos son mis cinco hábitos. En el quinto también aplica que todos los días cuando me levanto, prendo la radio y pongo Caracol.